Long Island Iced Tea

woman

Acudo al mismo bar, noche tras noche, para quedarme escondida en un diminuto rincón del fondo, mi rincón preferido, dejando que la semi-penumbra eclipse mi cada vez más demacrado rostro, mientras pienso en que quizás me he maquillado en exceso. Peter, el cansado barman del City in Danger me mira con sus bonitos ojos grises,  y yo simplemente asiento con la cabeza. La misma imaginaria conversación en la que sólo son partícipes nuestras miradas. “¿Lo de siempre, Dana?” “Un Long Island, Petey”. Apoyo mis delicadas manos en la barra, mientras me permito realizar una serie de suaves pero insistentes golpeteos con las largas uñas, pintadas de un pretencioso rojo rubí.

Peter me dedica una apagada sonrisa a escondidas, mientras me sirve mi bebida favorita. Es nuestro pequeño juego de cada noche. Yo le ayudo con sus cada vez más numerosas deudas y él me permite ser la reina de la noche en su polvoriento antro, a reventar de desperdicios humanos, a los que me dedico a espiar desde mi estratégica posición. Y he de decir que nunca falla. Una mujer lo suficientemente bonita, de mirada melancólica y sola en un bar, mucho más de lo que todos aquellos lamentables borrachos pudieran atreverse a pedir alguna vez en sus miserables vidas. No son conscientes de su mediocridad y cuando se acercan a mí se lo creen todo, se tragan con los ojos ebrios abiertos de par en par todas las patrañas que les cuento, sin atender, sin percatarse de mis intenciones.

A veces todo es tan absurdo que me dan ganas de estrellar la copa en mil pedazos en sus feas caras y gritarles, gritarles lo idiotas que son, que son simples cerdos embelesados, fascinados con una mujer que saben que no está a su alcance. Ellos no se paran a pensar, todo lo contrario, lo aceptan como una bendición, un regalo caído del cielo, algo que jamás se van a merecer, pues ni en la planta baja del Infierno les esperan con los brazos abiertos.

Cálmate, Dana”. Me estremezco al sentir la áspera mano de Petey apretar con suavidad mi hombro y le lanzo una mirada llena de agradecimiento. Cierro los ojos y me dejo llevar. Necesito entrar en calma, la noche no ha empezado aún. A veces es tan complicado actuar, pretender ser algo que no eres por pura necesidad, que la tensión es ineludible. Una repentina tristeza me sacude y me echo a temblar. Peter me mira, comprensivo, y me ofrece un cigarrillo. Jamás me dirige la palabra, no es necesario. Sus miradas lo dicen todo. Acepto el pitillo y decido estirar las piernas un rato en las afueras del bar. Tengo que mantenerme firme al pasar pues la hora punta está demasiado cerca y el antro comienza a llenarse de rostros despreciables, que me miran con un abierto deseo mientras sonríen de forma lasciva y se dan significativos codazos, creyendo que no percibo sus patéticos juegos de idiotas.

Me apoyo en las paredes del bar, con la pintura escarchada desde hace mucho tiempo, más del que me gustaría recordar. Sonrío débilmente. Me produce tristeza pensar que este maloliente local había sido joven y moderno alguna vez. La decadencia había arrancado sus entrañas, su juventud. También se había llevado la mía, aunque me duela reconocerlo. Llevo años luchando contra el gran Cronos,el imparable monstruo del tiempo. Cada vez paso más horas delante de los odiosos espejos, encontrándome nuevas arrugas e imperfecciones a diario. Ya no soy la misma, por supuesto que no.

Una traicionera lágrima resbala por mi mejilla mientras golpeo mi nuca contra el duro cemento, una y otra vez, hasta notar en mi boca el metálico sabor a sangre.

—Deja de hacer eso, te vas a hacer daño de verdad. —Abro los ojos y miro con sorpresa a mi inesperado interlocutor, salido de ninguna parte. Mi calculadora mente procesa la información con rapidez; es lo que tienen los largos años de experiencia. No parece el cliente habitual del City in Danger. Es de mediana edad, no parece estar demasiado abandonado e incluso tiene una bonita sonrisa, aunque su atractivo es discutible. No es de los tipos a los que suelo dar caza, pero inexplicablemente consigue captar mi atención. Intento reaccionar con rapidez y trato de ponerle ojitos. El tipo me mira y se echa a reír, lo cual me sorprende y me irrita a partes iguales.

—Discúlpame, pero estás horrible.

Con las mejillas acaloradas por la ira, llevo las manos de forma instintiva hasta la cara para descubrir con horror que aquel imbécil tiene razón. Llevo el rimel escarchado que ha formado finas líneas hasta recorrer mis pómulos, y el pintalabios se ha derramado por fuera del contorno de mis labios, que ya no parecen atractivos en absoluto. Mi respiración se ha vuelto entrecortada; siento un intenso deseo de salir corriendo, huir de aquel espantoso lugar, algo que no me había permitido sentir hace años.

Todo ocurre muy rápido, aunque en mi cabeza se reproduce a modo de cámara lenta. Él no me da tiempo a reaccionar, sencillamente me agarra con fuerza de la cintura y me besa con violencia, apretándome contra las paredes del bar, acariciando con suavidad mis mejillas.

—Quédate conmigo —Me suplica, mientras besa apasionadamente mi cuello. Mi cuerpo se ha quedado petrificado, como en un sueño, mientras mi corazón late con fuerza. Un torbellino de emociones que jamás había vivido antaño se ha apoderado de mi interior, amenazando con quedarse. No consigo comprender, ¿qué me está ocurriendo?

—Lo siento, lo siento mucho—Susurro, mientras le aparto con un enérgico empujón que le deja en el suelo, a un par de metros de mí. Se quita con una mano la incipiente sangre de los labios mientras me mira con asombro y yo siento cómo se aviva peligrosamente otro deseo en mi interior, diferente al de antes, un deseo peligroso, proveniente de la más absoluta oscuridad, un deseo que me es amargamente familiar.

Salgo corriendo, aumentando progresivamente la velocidad hasta casi volar, mientras siento una tremenda tensión en mis mandíbulas, a punto de estallar. Incapaz de controlar la inminente transformación, dejo escapar un lamentable aullido, lleno de dolor y frustración.

Aquella maltrecha noche mis manos terminaron manchadas de sangre en demasiadas ocasiones, más de las que me tenían permitido, más de las que yo misma jamás me permití. Llego al City prácticamente de madrugada, con un alarmado Peter esperándome detrás de la barra. Me abraza, sin decir nada, mientras no aguanto más e irrumpo en sollozos, prometiéndole no enamorarme nunca más.

Él vuelve al bar en numerosas ocasiones, buscándome con sus ojos oscuros, tan llenos de vida,  anhelando los míos, que desprenden muerte. Peter me lanza una señal y yo me escondo dentro, observándole a escondidas con el corazón roto en pedazos.

—Deja de venir por aquí, ella no va a volver— Le dice mi fiel barman todas las noches, y el tipo le dedica una misteriosa sonrisa mientras recorre cada rincón con su mirada penetrante, en la que hay escrito un profundo dolor que él se esfuerza demasiado en esconder. Luego se da por rendido y se marcha, mientras yo me deslizo por la pared, muriendo por dentro. Pete entra a verme y mantiene su dulce mirada gris clavada en mi. “Mírate. Esto está acabando contigo, Dana. Tienes que poner fin a este asunto.”

La presión puede conmigo y decido terminar con todo y marcharme de verdad, destino Nueva York, como siempre había deseado de joven, antes de convertirme en el monstruo que soy, antes de perder la ilusión por vivir. Hago las maletas delante de un enojado Pete, que me mira con los ojos enrojecidos por el dolor y se niega a dejarme marchar. Mi pobre y viejo amigo Pete, que tanto tiempo había estado cuidado de mí. Acaricio con ternura sus suaves manos de pianista mientras él aparta su mirada de la mía con amargura. Ambos sabemos la verdad, que Nueva York será mi perdición, pero sonrío e intento aparentar tragarme mi propia mentira, envuelta en un bonito papel de adorno.

Llego a Staten Island con veinte dólares en el bolsillo y una raída maleta bajo el brazo, mientras hago lo que puedo haciendo uso de mis encantos para conseguir algún miserable puesto de trabajo. Mi primera noche en Nueva York la paso en un feo cuchitril lleno de cucarachas, la crème de la crème de la Gran Manzana. Me siento con desdén en un taburete lleno de manchas oscuras y dejo que mi mente se sumerja en dolorosos recuerdos, mientras espero distraída al camarero, que está tardando una eternidad en llegar. “Mi Petey me habría puesto el cóctel enseguida“, pienso, y mis ojos se llenan rápidamente de lágrimas.

—Un Long Island Iced Tea para la señorita y un Bourbon para mí —Escucho una voz grave justo detrás de mí, mientras su profunda respiración me hace cosquillas en la nuca, sus suaves manos se posan en mis hombros, abrazándome con fuerza y sus nerviosos labios me susurran eternas frases de amor al oído, que sé que no va a poder cumplir jamás.

—Sabes que lo nuestro es imposible, ¿verdad? —Consigo mover los labios, no sin cierta dificultad, mientras lucho contra mi monstruo, contra el creciente dolor que se ha apoderado de mis entrañas y que sé de buena mano que ya no las va a soltar.

—Te seguiré, vayas donde vayas, como un perro fiel. Llévame contigo— Me susurra, mientras yo, incapaz de aguantar ni un segundo más, hundo mis garras en su cuello desgarrando su piel, preparándome para poner punto y final a este doloroso asunto, en contra de lo que queda ya de mi humana voluntad, haciendo oídos sordos a sus desgarradores gritos, suplicándome que acabe de una vez con su miserable vida.

Luego de acabar con todo atisbo de vida en aquel triste bar agarro mi única maleta y me marcho, con el corazón destrozado y el cuerpo impregnado en sangre, porque alma ya no me queda, es ley de vida, el paso del tiempo, querida. Me marcho a ninguna parte y a todas a la vez, qué más da, eso ya es otra historia.

Anuncios

Un comentario en “Long Island Iced Tea

  1. Un relato estupendo, con un ritmo profundo (se clava en el pecho y te hace sentir cómo la narradora de la historia), y de una tristeza que sobrecogedora. Además, la atmósferas que vas creando con las imágenes del club, del barman, de la música que se puede oír mediante tus palabras, te explican todo lo que nos dicen los personajes. Los amores imposibles duelen, aunque sepas que, eso, no son posibles, pero te empujan tanto a ellos. No sé, es una sensación extraña, pero que te hace sentir vivo. Interesantes reflexiones sentimentales las del personaje principal. Un relato muy interesante. 🙂

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s