Amor para la eternidad

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Me desperté de muy buen humor; había disfrutado de un sueño magnífico, además de haber dormido por primera vez durante ocho horas de un tirón. Me incorporé en la cama, a la espera de que Jason apareciera por la puerta con una bandeja llena de bollos y café recién hecho y entonces recordé que mi marido estaba indispuesto, de modo que decidí bajar a ver cómo se encontraba.

Metí los pies dentro de las mejores zapatillas en forma de conejo del mundo, un regalo de Jason por nuestro aniversario del año pasado, cerrando los ojos cada vez que sentía el suave tacto del forro, que curiosamente me recordaba a las caricias de Jason en una noche de invierno.

—Cariño—grité, mientras bajaba de un salto por las escaleras—Jason, cariño, tú no te levantes, enseguida te traigo el desayuno, ¿de acuerdo?

Intrepreté el ahogado mugido como un sí, así que me puse manos a la obra. Me había decidido por unas tortitas de plátano que en la foto tenían una pinta francamente deliciosa, al son de Mad World, la de Tears for Fears, por supuesto, nada de versiones. Me sentía eufórica y llena de energía, con que me puse a bailar mientras agitaba felizmente la batidora, vigilando no emocionarme demasiado y cortarme los dedos con mi repentina hiperactividad. Nuestro perro Twix me miraba un poco extrañado y apretaba las orejas contra el cráneo mientras se alejaba lentamente de mí dando marcha atrás. Yo me reí y le salpiqué todo el morro de preparado para tortitas. Él soltó un extraño chillido y se alejó corriendo, quizás en busca de mi marido. Suspiré con tristeza; ayer no le reconoció. Para ser justos, mi marido a él tampoco. Se miraron durante un par de segundos y después uno se puso a mugir mientras el otro salió disparado al jardín. Ya no recuerdo cuál de ellos hizo cada cosa, me había puesto tan contenta con el repentino cambio de actitud de Jason que los cuatro margaritas que yo misma me había preparado cumplieron con su trabajo de una forma sublime.

Observé las tortitas que yacían felices en el enorme plato lleno de corazones que le compré a un vendedor de segunda mano en Ebay (éste aseguraba que el plato tenía la capacidad de predecir el futuro con los restos de comida, pero sinceramente creo que me tomó el pelo). Suspiré de nuevo. Las tortitas eran feas; no se parecían en absoluto a las del libro de cocina. ¿Por qué, Dios, por qué? Había seguido las instrucciones al pie de la letra. Furiosa, le pegué una patada al comedero del perro. Nada, Jason se tendrá que aguantar con las monstruosas tortitas, yo no tengo la culpa de que todos los libros de cocina del mundo se hayan vuelto en mi contra.

Intenté apañar mi demoniaca creación con un poco de chocolate y nata por encima, pero quedó más horrible todavía; el chocolate se había derretido hasta decir basta,  adaptando un desagradable estado excesivamente líquido, de modo que las tortitas quedaron empapadas por completo y la nata había formado un halo de humedad encima de la superficie de tal manera que las tortitas habían quedado sudorosas. Corté en pedazos un par de fresas y las añadí a modo de decoración, pero las fresas estaban demasiado maduras y parecían trozos de cerebro pegados a unos monstruos que pretendían ser tortitas. Me enfadé sobremanera y decidí que Jason se las iba a tener que comer así, y punto. Toqué con los nudillos la puerta de la habitación con mucho cuidado, mientras escuchaba a Twix ladrar desde alguna parte.

—Jason, soy yo, Karin. Te he hecho el desayuno. Tienes que apartarte…Apártate un poco de la puerta, ¿vale, cariño?

—Mmmmmmmghgmmmmmmmffg.

El pegajoso sudor de verano estaba comenzando a asomarse por mi vestido de flores pero me armé de valor y abrí la puerta, sintiendo cómo una enorme masa se apartaba con pesadez y se dejaba caer al otro lado.

Entré con cautela en el cuarto, que apestaba a muerto y a perro mojado. Arrugué la nariz mientras observaba a Jason mirándome con aquellos ojos bobalicones.

—No me mires así, querido, vas a tener que ducharte pronto…—Jason mugió y recapacité sobre lo que había dicho —Bueno, tal vez no ducharte, pero sí que voy a tener que limpiar esta habitación, Jason. —Empujé con palpable asco algo que parecía ser una cabellera. —Esto está hecho una porquería. Comprendo tus… nuevas necesidades, querido, pero no puedo soportar que todo esto esté por los suelos, pudriéndose y llenándome la casa de moscas.

Jason mugió de nuevo. Puse los ojos en blanco; esa nueva faceta de mi marido me resultaba especialmente desesperante, por mucho que me gustaran todas las demás. Me acerqué a él con mucho cuidado y le acaricié con suavidad lo que supuse que serían los brazos, aunque era todo tan uniforme que resultaba imposible averiguarlo. A Jason no pareció gustarle demasiado mi gesto de amor porque sus mugidos se transformaron rápidamente en rugidos llenos de agresividad, escupiendo pedazos de baba en mi cara.

Mi enfado no tenía límites. —¡Eres un asqueroso, Jason! ¡No quieres hacerlo de buenas, pues lo haremos de la otra manera! —Le grité, cerrando la puerta de golpe y llevándome el plato de las horribles tortitas, mientras unas rabiosas lágrimas resbalaban por mis mejillas. No era justo, nada era justo. ¡Y toda la culpa la tenía el maldito Jason! Primero me había puesto los cuernos con la furcia de la casa de enfrente. Al principio tenía toda la intención de matarle, lo reconozco,  incluso me planteé la manera más dolorosa de hacerlo, pero cambié de opinión. Decidí que tenía que castigarle, sí, pero que debíamos seguir juntos, porque cuando nos casamos el párroco dijo que teníamos que permanecer juntos en lo bueno y en lo malo. No sé muy bien cómo ocurrió, pero acabé en el terrorífico sótano de una curandera haciendo un conjuro de castigo para mi marido, aunque tenía tal pinta de loca que pensé que no eran más que chorradas y salí muy contenta y desahogada del ritual, porque había gritado mucho y hasta había insultado a Jason.

…Para cuando volví a casa Jason se había convertido para siempre en una enorme babosa deforme, incapaz de valerse por sí misma y con una particularidad de lo más extraña: lo devoraba todo, absolutamente todo, platos, cuerdas de guitarra, fotos antiguas, vasos de cristal…Teniendo una especial devoción por los seres vivos. Lo descubrí el día que se comió a Bigotitos, el gato persa de mi madre que había venido de visita y a la que por supuesto tuve que mentir, asegurándole que Jason y yo estábamos bien, pero que su empresa le había trasladado a China durante un año. Mi madre buscó al gato durante tres días y me miraba con terrible desconfianza cada vez que escuchaba los mugidos en el piso de arriba, pero finalmente tuvo que marcharse y yo respiré aliviada, decidiendo que se habían acabado las visitas de los padres, visto lo visto.

Para entonces yo me había acostumbrado a mi nueva vida con Jason y hasta disfrutaba brindándole regalitos de vez en cuando, y así de paso me deshacía de las malas compañías, matando dos pájaros de un tiro. Empecé a pensar que mi nueva vida no estaba tan mal y entonces llegó el día en el que Jason se comió a Twix. Eso era más de lo que podía soportar; aquel perro era mi vida, junto con mi marido, pero era inaceptable que se lo hubiese comido, con esa frialdad insoportable, así que decidí que el amor fue bonito mientras duró y que nuestra relación debía terminar. Mientras reflexionaba sobre las mil y una maneras de decírselo a Jason sin romperle el corazón (o lo que sea que tuviese) conocí a un encantador barbudo en una de mis excursiones por los bares de la ciudad, que resultó ser un famosísimo brujo chamán de no se qué nivel así que me puse contentísima y le comenté el problema que tenía en casa. Y él, siendo todo un caballero, me dio la solución en una sola frase:

—Hay que matarlo, Karin.

Yo me había quedado bajo el efecto sus poderosos hechizos, y en el fondo me había cansado de limpiar las babas a diario así que acepté encantada y juntos ideamos un plan para deshacernos de Jason e irnos a vivir juntos para la posterioridad. Esa última parte era la que más le gustaba y me miraba con deseo mientras se toqueteaba los graciosos bigotes que salían disparados en todas las direcciones de sus poros, negros como el carbón.

Jason comenzó a olerse algo, estoy segura, porque yo cada vez llegaba más tarde a casa y él golpeaba la puerta con sus enomes tentáculos, temblorosos como flanes mientras mugía algo así como: “….AAIIIIIIIIIN’ “. Estaba intentando comunicarse conmigo en un intento de recuperarme, pobrecito.

—¡Ya es tarde!— Le gritaba, desesperada, mientras me quitaba el negro abrigo de detective que me había regalado mi chamán. —¡No pienso darte de comer nunca más, a lo mejor así te mueres de una vez!

Pero no se moría. Era increíble el aguante que tenían las babosas enormes. Estuve diez días sin entrar en su habitación y él seguía vivo, e incluso había aprendido a pronunciar mi nombre con total claridad, de modo que se tiraba gritando todo el día “KARIIIIN, KARIIIN”.

Mi poderoso chamán se vino a vivir conmigo en un intento de calmar mis crispados nervios. Nos pasábamos los días bailando e ideando nuestro malvado plan, mientras Jason golpeaba las tuberías y mugía, furioso. Algunas noches tenía pesadillas con él diluyéndose y goteando por el techo, ahogándome en su apestosa gelatina.

Entonces el gran día llegó. Mi barbudo chamán había perfeccionado por fin el hechizo que nos ayudaría a deshacernos de Jason, pues sabíamos que no había otra forma de acabar con él. En una ocasión intenté acuchillarle por la espalda ( lo que se suponía que era su espalda) pero no hubo manera. Su piel convertida en gelatina absorbió el cuchillo y eructó con satisfacción.

Esperamos abrazados en el sofá cama hasta que dieron las doce en punto (mi hechicero quería cumplir con el libro de magia a rajatabla), nos miramos y subimos por las escaleras, cogidos de la mano. La suya estaba algo sudorosa, pero no me importó. Al menos no dejaba rastros de baba. La casa estaba sumida en absoluto silencio, al parecer Jason se había cansado de mugir. Deseé en silencio que los mugidos le hubieran producido dolor de garganta y luego me eché a llorar. Creo que estaba siendo demasiado cruel con mi marido, pobrecito.

Nos paramos en la primera planta, justo enfrente de su habitación. El nauseabundo olor había invadido toda mi casa y me entraron unas terribles arcadas. “Te odio, Jason Doyle”  pensé furiosa, me iba a costar horrores limpiar aquello y eliminar el maldito olor. Mi chamán me miró con inseguridad y yo asentí con la cabeza. Había que entrar. Él agitó su viejo palo de bambú adornado con latas de Pepsi y restos de la vieja ropa de Jason y empujó la puerta, mientras yo me apartaba a un rincón y me tapaba los oídos, por si acaso.

Después de una larga serie de  gritos aterradores seguidos de un claro forcejeo todo quedó en silencio. Abrí con mucho cuidado los ojos (los había cerrado para no presenciar la dolorosa muerte de mi esposo, al fin y al cabo era cristiana y no quería regocijarme con su sufrimiento)  y me adentré con cuidado en la habitación,  envuelta en una ligera cortina de humo verdoso. Los dos hombres de mi vida se habían esfumado sin dejar rastro. No había sangre por ninguna parte, ni tampoco restos de baba. Nada. La habitación estaba impoluta, como si mi Jason no hubiese existido jamás. A excepción del mal olor, claro, que seguía ahí, intoxicando mis pulmones, maldita sea.

Sacudí la cabeza, extrañada, y decidí volver a la sala de estar. Me daba mucha lástima que el hechizo hubiese salido mal y que mi chamán haya desaparecido con Jason, pero a veces los daños colaterales son necesarios. Una vez abajo, mi estómago rugió con fiereza. De repente sentí la impetuosa necesidad de unas deliciosas tortitas bañadas en chocolate, con nata y fresas por encima. Y también de unos riquísimos calcetines de lana.

Me relamí los cada vez más temblorosos labios mientras mi mente reproducía las imágenes de los deliciosos manjares a todo detalle cuando sonó el timbre. Miré el reloj. Las siete de la mañana, ¡qué rápido se había pasado la noche!  Seguramente sería el cartero.

Qué bien” , pensé, “el postre ha llegado justo a tiempo”.

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