Los amantes

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Chuck y Sara, Sara y Chuck. Ella se sintió bendecida cuando, durante un consecutivo ataque de pánico, acabó con la vida de todos los ocupantes de su casa (las voces, las malditas voces de mi cabeza…) y todo se quedó en un silencio que apaciguaba al demonio de su interior. Mientras se dedicaba a borrar las huellas del crímen con apatía, apareció él, justo detrás suya, como salido de la nada. Al principio creía que la iba a matar, y lo cierto es que no se equivocaba del todo; esa había sido la genuina intención de Chuck, quien llevaba observando a Sara durante mucho tiempo a través de las plantaciones que protegían su granja. La mente calculadora de Chuck quería tenerlo todo bien preparado para el gran momento, pero su instinto animal le ordenó que lo hiciese lo antes posible, de modo que lanzó una moneda al aire y el instinto ganó.

Cuando descubrió a Sara en la penumbra, arrastrando por las escaleras de madera los cadáveres del señor y la señora Green, se quedó petrificado. Algo en su cabeza había hecho “click” y de pronto sus instintos primarios desaparecieron; decidió que ya no quería matarla. Se había quedado embelesado con aquella joven sureña, que había demostrado tener una buena mano y mucha sangre fría.

—Ayúdame, ¿quieres?— Sara había sido la primera en romper el hielo. Tenía la cara sudorosa y le temblaban las manos de la tensión. Los cuerpos pesaban demasiado para una chica de su constitución, y más si pretendía arrastrarlos los dos al mismo tiempo.

Chuck, sin pronunciar una sola palabra, asió los dos cadáveres con sorprendente facilidad y los llevó al jardín, donde intuía que Sara querría que los enterrase. La chica observaba boquiabierta la escena, mientras él cavaba un hoyo de considerable profundidad bastándose sólo con las manos (juraría que eran más pequeñas cuando las vi por primera vez…). Terminó con la tarea en cuestión de un par de minutos, enterrando con éxito a toda la familia de Sara. Sus perdidas miradas se cruzaron; sentían una poderosa e inexplicable atracción que era mutua, aunque de matices ligeramente distintos.

Empaquetaron todas las cosas de Sara en absoluto silencio, evitando mirarse. A veces las manos de ella rozaban con cuidado las de Chuck, provocando en su interior unas explosivas sensaciones; ninguno de los dos llegó a más.

Se subieron, cogidos de la mano, al Fairmont del 78 de color burdeos de Chuck, escondido detrás del matadero de la granja de los Green, emprendiendo un largo viaje a ninguna parte. Se mantuvieron juntos durante un año entero, año en que el estado de Oklahoma al completo pasó todas las noches en vela, rifle en mano, aguardando a la terrorífica pareja de asesinos, cuya fama crecía a pasos agigantados debido a los ríos de sangre que dejaban a su paso por las granjas del estado. Cometieron verdaderas atrocidades, y los pocos testigos que quedaban para contarlo juraban y prejuraban haber visto a una auténtica bestia junto a la joven mujer de mirada perdida, información que se difundió con la rapidez del viento, formulando numerosas preguntas sin respuesta, de modo que la gente no hacía más que preguntarse por qué demonios aparecían los cadáveres con los miembros arrancados y marcas de mordeduras, como a “medio comer”.

Sara no vivió mucho más para confirmar aquellas terribles sospechas. Algo pasó entre ellos dos para que Chuck terminara cometiendo su crimen más atroz, dejando el cadáver de Sara devorado casi por completo, con jirones de carne desparramados por la maleza, en algún desvío de la Ruta 66. Sea como sea, los asesinatos cesaron por completo durante el verano del 86, verano en el que encontararon los restos del cadáver de la muchacha, aunque los habitantes más antiguos de la zona aseguran a todo aquel que desea escuchar, que si pasas por la maltrecha carretera cualquier noche de verano, escucharás unos espeluznantes aullidos que te acompañarán durante todo el trayecto, si es que consigues llegar a tu destino…

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