La diosa del piano

piano

Ocurrió una maltrecha noche de verano del 67, aún lo recuerdo como si hubiera sido ayer.  Aquella noche, cuyo final se alterna en mi cabeza una y otra vez, que cuánto más pienso en ello, más se llena de absurdas ideas, versiones alternativas. Ahora tan sólo soy un viejo tonto, así que probablemente moriré sin saber lo que ocurrió de verdad en el Bloody Peggyun lugar reducido a la nada, un lugar que alberga a los fantasmas del pasado aún a día de hoy, aunque debería comenzar por el principio…

La mujer de mi vida se llamaba Darla Brown y tenía los ojos negros más bonitos que había visto en mi vida. Jack la contrató en el Bloody para que nos mantuviera entretenidos tocando aquella basura vieja a la que solía llamar piano y, qué decir, ella cumplió con la tarea de una forma brillante.

La primera noche que tocó nos quedamos embelesados con su apariencia de niña bien, con el fino pelo rubio recogido en una modesta coleta y el sencillo vestido azul de lunares sin mangas, que dejaba sus delicados hombros y una pequeña parte del delicioso escote al descubierto. Todos los hombres del local la mirábamos con una mezcla de abierto desinterés y escondido deseo, sin tomarla demasiado en serio. Ella, sin inmutarse ni un sólo segundo, se sentó en la raída silla de madera, extendió sus alargados dedos hasta rozar las teclas y en el preciso instante en el que sus manos entraron en contacto con el instrumento sus dedos se fundieron con el piano, convirtiéndose en uno, transportándonos con su embrujada música a los lugares más insólitos de nuestras embriagadas mentes.

No hubo aplausos cuando terminó de tocar. Ni siquiera por parte de los borrachos más despistados. Todos la mirábamos con los ojos abiertos como platos, como perros babeantes, suplicándole con las miradas que siguiera tocando. Ella sonrió con una inventada timidez que no terminaba de esconder la satisfacción de su rostro y tocó otra pieza. Y otra más.

Cuando amaneció todos los hombres de Atlantic Beach nos habíamos enamorado perdidamente de la misma mujer. Acudíamos a verla tocar todas las noches. Jack, que había quedado igual de embelesado que nosotros, le había ofrecido quedarse con él para siempre, mientras ella aceptaba con una risita casi a escondidas, el gran fajo de billetes, noche tras noche, que escondía en algún lugar debajo de sus voluminosas faldas.

Me escogió a mí la tercera noche que tocó en el bar. Lo supe desde el primer instante que la vi entrar con aquel vestido rojo ; era tan largo que sus pies no se lograban adivinar bajo el terciopelo, parecía flotar como un ángel por el local, como si hubiéramos sido bendecidos con su presencia por la benevolencia de algún Dios misecordioso. Después de tocar su repertorio habitual bajó del escenario, clavando sus ojos ,negros como una noche de tormenta, en los míos. Tragué saliva y me desajusté la corbata, sin tener demasiada idea de lo que iba a pasar a continuación. Darla se acercó a mi solitaria mesa, contoneando sus etéreas caderas, envuelta en un halo de misterio. Soltó una risita sofocada y clavó sus manos en mis hombros, que temblaban de la emoción.

—Adam — dijo, y mi cerebró se inundó de felicidad, sin siquiera preguntarme cómo demonios sabía mi nombre.

—Darla — pronunciar su nombre era dulce y embriagador, como un buen vino.

—Me preguntaba si un caballero como tú se tomaría las molestias necesarias como para acompañar a una dama a sus aposentos.

—P…por supuesto que sí, preciosa. Estoy a tus pies — dije, percatándome enseguida de las sandeces que estaban saliendo por mi sucia boca, así que no se me ocurrió otra cosa que taparla con ambas manos mientras Darla echaba la cabeza hacia atrás y se reía con un sonido melodioso que pareció contagiar a todo el local.

Salimos del Bloody cogidos de la mano, mientras me indicaba con la mirada el camino que debíamos tomar. Yo la miraba embobado y no hacía más que preguntarme por qué me había elegido a mí, que era, por lo menos, veinte años más viejo que ella, que era un perdedor sin nada en particular.

—Adam — Dios, cómo me gustaba que pronunciase mi nombre de aquella manera tan particular, con esa voz, grave y aterciopelada — Ya hemos llegado. ¿Puedo contar contigo mañana ?

Yo asentí con la cabeza, demasiado aturdido como para pensar en nada. Al volver en dirección al bar mis pensamientos se aclararon y dejaron paso a un sentimiento de confusión, no entendía por qué me necesitaba a mí, pudiendo desempeñar esa sencilla tarea cualquier otro.

Así pasaron varias noches. Darla terminaba otra de sus mágicas actuaciones, bajaba del escenario y acudía directa a mí, cada vez más desatada, avivando el fuego de mi interior y luego apagándolo de golpe al despedirse fríamente de mí. Yo me sentía ligeramente enfadado, pero el amor que sentía por ella era tan puro, tan profundo, que sabía que debía callar y seguirla, como a una diosa.

Los demás no pensaban igual que yo. La magia de las canciones de Darla Brown ya no les cautivaba como antes, el hechizo parecía haberse quebrado desde el momento que bajó del escenario y me eligió a mí. Les observaba y veía algo maligno crecer en sus turbias miradas, pero jamás imaginé nada. Últimamente no hago más que preguntarme si hubiese podido cambiar algo de haberme percatado de sus intenciones…Aunque ya da igual.

El veintisiete de julio… Recuerdo perfectamente cómo comenzó. Era una noche demasiado calurosa y cuando dieron las diez estábamos borrachos como nunca, esperando el momento estelar de Darla, que estaba tardando bastante en llegar, algo poco usual en ella. Los hombres a mi derecha se lanzaban miradas llenas de complicidad mientras hablaban a gritos y golpeaban la barra con sus enormes jarras a reventar de cerveza.

—¿Por qué está tardando tanto, Jack ?— le gritaba uno de ellos al barman, mientras éste se encogía de hombros, tratando de esconder su preocupación.

—Se ha cansado de nosotros, Bud— dijo uno de ellos, un tipo enorme con la cabeza rapada, mientras golpeaba la barra con sus enormes puños. — ¡Sabía que ese día llegaría ! Las putas engreídas como ella siempre hacen lo mismo, hacen sus maletas y huyen el día que menos te lo esperas, te abandonan porque no eres lo suficientemente bueno para ellas.

—Darla no es así— dije con voz temblorosa, apretando los puños bajo la chaqueta de tweed.

—Darla no es así— repitió con voz burlona el « cabeza rapada » — ¿Y tú qué cojones sabes de Darla ? No eres más que un felpudo para ella. Se está riendo de tí, idiota — Me empujó con sus gruesas manos de salchicha mientras yo trataba de mantener el equilibrio, pensando desesperadamente en la mujer de mi vida— ¡Adam, el puto héroe! ¡Acompañándola a su casa mientras los demás nos divertimos con ella!— El desagradable tipo me guiñó un ojo— Pero que sepas que no es demasiado buena, tampoco te has perdido nada. Tan sólo un montón de basura escondida detrás de un bonito envoltorio —Escupió, mientras le pegaba otro trago a la mugrienta jarra.

Todos se reían como hienas mientras yo estaba atónito, aterrado por las duras palabras que acababa de escuchar. ¡Esos malditos hijos de perra se habían aprovechado de Darla ! Ese pensamiento me atravesó el pecho y se dedicaba a hurgar en mi corazón con un sadismo incontrolable. Las lágrimas resbalaban por mi cara, provocando aún más risas.

Mi mente se dispersa, me dice adiós con la mano, y se monta en un alocado carrousel cuando intento recordar lo que pasó a continuación. Recuerdo la música de un piano, gritos salvajes y las paredes del Bloody haciendo honor a su nombre, manchadas de sangre. Recuerdo bajar la mirada y ver mis manos temblorosas agarrándose a las paredes del bar y pasar por encima de los apestosos cadáveres, apilados unos encima de los otros. Recuerdo llegar a la casa de Darla, subir por primera vez las escaleras, siguiendo como un perro los rastros de su perfume. Recuerdo escuchar gritos al otro lado de la vieja puerta y abrirla con cuidado, entrar y descubrir a otro malnacido intentando hacerle daño y ella mirarme con los ojos negros suplicantes, « vuélale los sesos, Adam, por favor » . Recuerdo obedecer sus órdenes y después abrazarla, y pasar la mejor noche de mi vida con ella.

Después de aquella noche desapareció de mi vida. Ni siquiera dejó una nota, un suave beso en la mejilla bastó como despedida antes de que pudiera despertarme y comprender lo que había pasado. Para entonces Darla se había marchado para siempre.

Jamás lograron dar con el causante de los asesinatos del bar, ni tampoco con el arma homicida. Me declaré culpable de dar muerte al tipo del apartamento de Darla, alegando que fue en defensa propia. Los agentes me tomaron la declaración con suma tranquilidad y me dejaron en paz, dando carpetazo al caso. Al fin y al cabo había malgastado treinta años de mi vida siendo policía; merecía algo de respeto por su parte.

Ha llovido mucho desde entonces. He pasado todos estos años buscando desesperadamente a Darla, y no he dado con una sóla pista, nada, absolutamente nada, siendo su voluntaria desaparición el mayor misterio sin resolver con el que me había topado jamás.

Pero algunas noches los viejos fantasmas visitan mi dormitorio y no me dejan dormir.

Encontrar la cama vacía a la mañana siguiente. Tener la cabeza a punto de estallar y darle vueltas, rebobinar hasta la noche de antes. Subir de nuevo por las escaleras, aspirando con fiereza su perfume. Escuchar envolventes risas llenas de veneno al otro lado. Destrozar la puerta a golpes, hasta desangrarme los puños. Descubrir a Darla en los brazos de aquel energúmeno, mirándome desafiante con sus ojos negros, riéndose abiertamente de mí. Acribillar a balazos sus dulces curvas y llorar, tirado en su charco de sangre, besar sus cada vez más frías mejillas y jurarle amor eterno a mi dulce princesa, mientras le suplico que toque una última canción para mí, sólo para mí…

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