Desorden

The_smoking_man_by_WrappedUpInBooks

Charlie contempla con desdén los cristales rotos esparcidos por el suelo que, junto con los restos de huevos fritos, forman un curioso mosaico. Nicole tiene mucho carácter, piensa con tristeza; llevan unos dieciséis años juntos (una eternidad) y él quiere convencerse a sí mismo de que ya está más que acostumbrado. O, al menos, eso era exactamente lo que pensaba hasta hace un momento. De pronto se da cuenta de que está demasiado cansado. Deja la cocina tal y como está y sale a fumarse un pitillo al porche, pensando en lo distinta que habría sido su vida de haberse ido con su padre a Europa. Ahora nada tiene sentido. Odia su trabajo, odia al cabrón de su jefe pisoteando todos sus proyectos, odia a los malditos vecinos, odia la sonrisa falsa de Nicole cada vez que se los encuentran. Odia los compromisos. Odia los gritos de la hora de comer. Odia los silencios de la hora de cenar. Odia los pastelitos de carne de los domingos. Odia a Candy, el obeso gato de Nicole. Llora en silencio cuando aparece el letrero de “FRACASADO” en su cabeza.

Ve el coche de Nicole atravesar la calle a lo lejos, con esa forma tan patética de conducir (una puta enferma, eso es lo que es) y cierra los ojos con fuerza. De pronto se ve a sí mismo en una pequeña casita en la costa oeste, con una taza de té entre las manos (ese que Nicole odia tanto) y una novela de Grisham en el regazo. Todas las estanterías, a rebosar de sus cosas. Y ni rastro de los horrendos gatos de la suerte de Nicole. De hecho, ni rastro de Nicole. Está completamente SOLO.

—¿Qué demonios haces fumando? Tira eso ahora mismo, pero a la acera, ¡no vayas a lanzar la colilla sobre mis plantas, pedazo de inútil! —Chilla Nicole nada más salir de su coche con un portazo, devolviendo a Charlie a la realidad de un bofetón.

Su mente lucha fervientemente por volver a la costa oeste, a la casita de madera, pero los chillidos de Nicole invaden todo su espacio. Grita sin parar como una loca y su saliva se esparce por el cerebro de Charlie, haciéndole explotar en su interior. “¡Cállate de una vez, joder!”, grita Charlie y se tapa los oídos con las manos. Pero ella no se calla. Está aburrida y disfruta de las peleas. Lo lleva perfeccionando años y no va a ceder con facilidad.

Dentro de su cabeza, busca desesperado una forma de salir. Aparta de un imaginario manotazo todo tipo de basura inútil, acumulada con los años (me ha lavado el cerebro) y visualiza en un rincón de su sesera todo tipo de botones, de diferentes colores y tamaños. Ajá, parece que dan acceso directo a sus recuerdos. Los acciona, uno a uno. Sigue sin dar resultado. Esos malditos chillidos han atravesado la barrera de la indiferencia y le están destrozando la cordura a patadas. Charlie acciona el último botón, algo más pequeño y bastante más mugriento que el resto. No parece haber sido utilizado nunca. Entonces, algo explota ahí dentro.

Charlie abre los ojos. Los cierra y los vuelve a abrir. Nicole le dice algo ininteligible, se monta en el coche y conduce marcha atrás. Las ruedas chirrían. Él recoge la colilla del suelo, se la mete en la boca e inhala el humo. Vuelve a la cocina y visualiza de nuevo la escena. Los huevos fritos. Los platos rotos. Nicole.

Le entra la risa floja y decide que no tiene tiempo para hacer las maletas. Con lo puesto estará bien.

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