Océanos de metal

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El señor D llegó al hotel Marne muy puntual, como de costumbre. Saludó con una leve reverencia a la despistada señorita que se limaba las uñas en la recepción, y se metió rápidamente dentro del ascensor. Su móvil no paraba de vibrar mientras el ascensor cerraba sus puertas y comenzaban a subir, pero optó por ignorarlo. Le llamaban del laboratorio, y esa llamada podría significar mil cosas, podría estar quemándose en ese mismo instante con todos los empleados y sus preciadas muestras dentro, pero estaba demasiado ocupado viendo los números parpadear: 1,5,10,14,20,21.

Por fin, el ascensor se detuvo en la planta 26. El hombre arrugó la nariz y salió con un paso ligero, pensando en lo que haría exactamente cuarenta y cinco minutos después; parar el coche en algún lugar cerca del puerto, contemplar las estrellas, y dedicarse a olvidar, mientras disfrutaba de una buena cerveza bien fría. Después, al llegar a casa, se quitaría el endemoniado traje y lo metería en la lavadora, o iría directo a la basura. Incluso se podría permitir un cigarrillo justo antes de dormir. Lo de dormir era, claro, pura utopía.

Salió del ascensor, vacilante, y caminó unos diez segundos por el desierto pasillo antes de frenar en seco frente a una de las puertas. Introdujo la mano dentro del bolsillo y sacó un impoluto pañuelo de seda, con el que se limpió cuidadosamente las manos, empapadas de sudor. Carraspeó y se ajustó la corbata. Suite 206. Podía escuchar sus tacones al otro lado de la puerta; si se concentraba un poco más, casi podía llegar a imaginarse la escena que vería a continuación. Ella, sentada en la cama, ataviada de manera exclusiva con un nada discreto peignoir rojo, mostrando los primeros signos de nerviosismo, moviendo las piernas de forma intermitente y fumando sus adorados Vogue mentolados. Ella y sus cigarrillos, un misterio que, a estas alturas, jamás podría resolver. El señor D comenzó a temblar y el contenido de su estómago se revolvió, provocándole arcadas. Agachó la cabeza y se obligó a pensar en lo que iba a hacer inmediatamente después del mal trago: las estrellas, la cerveza fría. Cogió aire y tocó la puerta con los nudillos.

—Puedes….pasar. Querido. — Una voz ligeramente grave y aterciopelada le invitó a entrar. Y, aunque sentía que apenas podía respirar y que, si entraba, iba a morir ahogado ahí mismo, entró. Tuvo que abrir y cerrar los ojos varias veces hasta acostumbrarse a la gruesa cortina de humo que cubría la habitación. Sintió una suave mano rozarle la rasposa mejilla y sonrió sin querer, tratando de enfocar la vista de nuevo. Estaba justo delante de él, en medio de una penumbra que magnificaba aún más su sucia belleza. Se había equivocado al intentar imaginársela momentos antes, al otro lado de la puerta. Estaba totalmente desnuda, a excepción de unos tacones de vértigo y el cigarrillo saliendo con cierta elegancia de sus labios color frambuesa. Sonreía con timidez, y esa sombra perdida de inocencia le hizo reír.

Se acercó a ella con mucho cuidado y la abrazó, hundiendo sus largos dedos en su cabello húmedo y rizado, aspirando su perfume con ansiedad. Deslizó las manos por su cuello y lloró en silencio, atrayéndola con fuerza hacia sí y hundiéndose aún más en ella, perdiéndose en su perfume y maldiciendo el día en el que se enamoró de su mejor creación. Ella percibió un cambio en su actitud, quizás finalmente había logrado la ardua tarea de transmitirle los instintos primarios de un ser vivo. Intentó mover los brazos débilmente, y su diminuto corazón de acero comenzó a imitar los alocados latidos del suyo propio. Más intermitente, más intenso, rozando la arritmia. El señor D se apartó de ella, mientras su mano derecha subía por su oreja y la miró por última vez a los ojos. Ella trataba de analizar el torbellino de emociones que se había apoderado de su sistema como un virus, pero no comprendía el por qué; su expresión de muñeca triste denotaba sorpresa, y también, aunque él se intentaba convencer de lo contrario, le había parecido leer la más profunda decepción en el océano metálico de sus ojos.

—No…. —Susurró ella, aún a sabiendas, dentro de su preciosa cabeza de robot, que era demasiado tarde. Él ya se había deslizado por debajo de su oreja y había activado el minúsculo botón de reinicio. Ella simplemente cerró los ojos y se dejó hacer, mientras su cuerpo se desplomaba con elegancia en sus temblorosos brazos.

El señor D la dejó con mucho cuidado en la enorme cama de la suite, aún sin deshacer. Se acercó al mini bar, encontró bastante whisky como para olvidarla para siempre, y bebió directamente de la botella. Al cabo de varios tragos decidió que las estrellas podían esperar. Se dejó caer en la cama y se acurrucó junto a ella, acariciando sus mejillas e impregnándose de su olor. Lloraba porque no comprendía qué le había llevado a tomar aquella decisión. Reía porque no sabía si estaba tan borracho a causa del whisky o de su perfume. ¿Y cómo demonios podía gustarle el perfume si no estaba hecha para oler? ¿Cómo demonios la había llegado a querer de una forma tan demencial, más que a cualquier otro humano, más de lo que había querido a nadie en toda su vida? Demasiadas cuestiones en su cabeza, demasiadas preguntas sin resolver. Demasiado miedo a admitir que, a fin de cuentas, había sido un simple cobarde.

Cerró los ojos y se dejó llevar. Sólo sabía que las estrellas podían esperar toda la jodida noche si hacía falta, que por él, podían irse al traste, junto al resto del universo.

Relato publicado en la revista digital Valencia Escribe, en la que tengo el honor de participar junto a grandes escritores, de los de verdad 🙂 

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