La última payasada de Black

fee5b9e9c699fac2e17594855d6d7ad9

Dean Black había sido un gran payaso. Era cierto que, en alguna que otra ocasión, la bebida había podido con él. En una o dos actuaciones. Quizás en algún cumpleaños infantil. Puede que en el cumpleaños de su hija de seis años.

La adicción, por supuesto, fue provocada por su ex-mujer. Habían convivido durante ocho tormentosos años, y Rachel conocía de sobra sus problemas con la bebida. Sus continuas depresiones. Claro que jamás intentó comprender nada, por eso se separaron. Seguramente el incidente contribuyó, como la gota que colma el vaso, pero no fue el motivo principal. Rachel no quiso entender que había sido una broma. Siempre era demasiado dura con él. Hizo las maletas y se llevó a la niña. Luego llegó la denuncia. Dean jamás entendió los motivos de la denuncia. Llegó a los tribunales y prometió portarse bien. Llevó en todo momento la peluca de payaso. El juez le declaró culpable y añadió algún cargo más, quizás porque Dean Black hizo alguna carantoña durante el juicio. Rachel lloró en silencio al escuchar la sentencia. Dean le lanzó un beso al aire y después contó un chiste. Nadie rió. Fue humillante. Y después estaba AQUEL TIPO, que abrazó a Rachel y le guiñó un ojo. Dean Black, el mejor payaso, doblemente humillado.

Ingresó en prisión y le escribió muchas cartas a Rachel. Demasiadas cartas, que probablemente terminaron pudriéndose en el fondo del váter, aunque él confiaba en su redención. Todas sus cartas terminaban con una carita sonriente. A Rachel le gustaban las caritas sonrientes.

Su oportunidad de demostrar que era un buen padre llegó un doce de junio. Libertad provisional bajo fianza. Claro que no recordaba que el juez hubiese dictaminado nada. La salida no fue demasiado fácil, pero Dean tenía sus trucos de payaso. El cumpleaños de su hija era el mismo día. Dios le estaba mandando una señal. Dean Black sabía aprovechar las señales.

Se puso su mejor traje de payaso, se esmeró al máximo en pintarse la cara. “Eres un gran payaso, Dean Black”, se dijo a si mismo delante del espejo. El espejo estaba mal. Le devolvía una imagen distorsionada, una burda caricatura del gran payaso que era. Se enfadó y destrozó la burlesca imagen de un puñetazo.

Las cuatro de la tarde. Dean Black había terminado de prepararse para dar comienzo a la mejor fiesta de cumpleaños del mundo. Iba a culminar la tarde con el juego más importante de su carrera, “El payaso resentido”. “¡Lo que van a disfrutar, damas y caballeros, niños y adultos!”

Llegó a la fiesta demasiado puntual, como todos los payasos educados. Una botella de bourbon coronaba la mesa de la sala de estar. Dean Black sonrió al pensar en Rachel y la escondió en el enorme bolsillo de su disfraz.

****

Rachel estaba terminando los preparativos del cumpleaños y temblaba sin darse cuenta cada vez que presenciaba el reventón de algún globo. “Está en prisión”, se recordaba a sí misma, “ya no supone ningún peligro”. Pero el autoengaño nunca había funcionado con ella. Dejó de doblar las servilletas y se quedó muy quieta, tratando de escuchar algo más que el aparente silencio de su casa. No escuchó nada porque no había nada que escuchar. Rachel lanzó una maldición y se echó a llorar. Unas manos aparecieron de la nada y comenzaron a masajear sus hombros. Su corazón dio un vuelco, y se preparó para gritar, cuando la tranquila voz de Michael irrumpió en su cabeza:

—Tranquila, sólo soy yo. Tienes que dejar de ir a esas pseudo terapias, Rachel. No veo ninguna mejora, sólo más inseguridad y nerviosismo. Vamos, ven aquí, quiero enseñarte el gran truco de magia que tengo preparado para la pequeña.

Rachel asintió con la cabeza y se abrazó a aquel hombretón, que había sido su mayor apoyo desde que Dean Black convirtiera sus vidas en un auténtico infierno.

De todos modos, Dean Black difícilmente volvería a ser un peligro para nadie. A la mañana siguiente, alguna anciana encontrará una cabeza de payaso arrancada de cuajo dentro de algún contenedor, dos calles más abajo.

Un nuevo jugador había irrumpido en la partida de Black. A Rachel no le gustaban los payasos. ¿Qué opinara de los ilusionistas y de sus macabros trucos de magia?

Relato publicado en el número 11 de la revista digital Valencia Escribe

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s