El cazador y la bruja

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La espera se estaba haciendo insoportable. Habían hablado varias veces por Facebook, bajo nombres falsos, por supuesto, pero Alana quería más. Se había cansado de jugar al escondite, como llevaba haciendo varios meses. Deseaba que la atraparan. Pero no cualquier poli de mierda, no. Tenía que ser él.

Había oído hablar del Cazador un tiempo después de empezar su particular reinado del terror. A los periodistas les encantaban esas terminologías tan estúpidas. Cuanto más estúpido era el titular, mayor tirada. Borregos lanzándose a por el último ejemplar, señoras abriendo sus enormes bocazas en forma de “O” al leer algo mínimamente escandaloso, niños temblando de miedo al ver las morbosas fotos que acompañaban al artículo.

Desde que empezó con los empollones universitarios, ella había sido literalmente la reina de las portadas. Se había encargado de que supieran que era obra de una mujer, oh sí. Las marcas de los mordiscos con su sutil huella de pintalabios de Dior. El perfume impregnado en sus ropas. Las perforaciones de sus tacones de aguja. Y siempre, siempre, un ejemplar de la revista Vogue a los pies del cadáver.

Pensaba que la atraparían enseguida, pero pronto descubrió que los policías encargados del caso eran nefastos hasta un punto verdaderamente preocupante. Toda la ciudad cagada de miedo y ellos…Nadie entendía muy bien qué hacían exactamente. Alana compraba la Vogue en el súper más cercano al campus donde iba a efectuar el ataque minutos después. ¡Con sólo interrogar a la cajera tendrían pistas (no demasiadas) sobre su aspecto! Pero los días pasaban, y nadie llamaba a la puerta de Alana.

Y entonces él estropeó su habitual portada en los periódicos locales. Un intruso en su reinado del terror. Se hacía llamar El Cazador de Brujas.

La ira golpeó a Alana la primera vez que se topó con una portada robada. El Cazador había irrumpido en el periódico con una carta al editor. Se presentaba como un justiciero en un “mundo repleto de malas brujas”,  y declaraba no tener piedad ninguna. Adjuntaba fotos, que el nauseabundo editor ni siquiera se había molestado en censurar. Se despedía con un rotundo “Te encontraré, reina de pacotilla”.

Alana escribió una carta de respuesta minutos después de arrancarse varios mechones de su preciosa cabellera. La batalla del periódico duró unas dos semanas. Los ciudadanos, decididos a no asomar las narices fuera de sus domicilios, seguían la lucha de titanes desde la sombra. Las mujeres se posesionaban a favor de Alana, “defensora del feminismo en un mundo de asesinatos donde predominaba la masculinidad”. “Yo no justifico el asesinato”—afirmaba una señora de mediana edad—“pero ya está bien de que seamos nosotras las que tengamos miedo de salir a la calle. Ella ha cambiado las cosas en ese sentido. Ahora son los hombres los que están temblando en sus casas. Eso está bien, ¿sabe?”

Los hombres se sentían identificados con el Cazador. Enviaban armas de diversa índole a los periódicos locales, para que éstos se los reenviaran al “hombre que iba a acabar con la maldita bruja”. La ciudad estaba atravesando una terrible crisis. En las casas no se hablaba de otra cosa. El hashtag #cazaralabruja era Trending Topic en Twitter. Todos los días había separaciones, eso en el mejor de los casos. En el peor, uno de ellos desaparecía sin dejar mayor rastro que diminutas gotas de sangre en el congelador. La creciente y adictiva violencia golpeó cada rincón de los impolutos hogares.

Mientras tanto, Alana y el Cazador hablaban por Facebook. El tiempo corría en su contra. La víctima deseando ser atrapada, el cazador deseando introducirse en la madriguera y atrapar al molesto roedor.

Harta del juego sin fin, Alana dio el primer paso y le proporcionó su dirección real. “Te estaré esperando”, escribió y se desconectó, satisfecha de haber sido la última en tener la palabra.

Pasaron quince minutos. Alana estaba nerviosa, pensando en el ansiado encuentro, mientras contemplaba por la ventana (sin poner demasiado interés) las primeras peleas en las calles. La gente se había cansado de observar desde las sombras. Todos querían participar. Todos querían ser piezas de vital importancia en el enorme tablero. Se escucharon varias explosiones seguidas por desgarradores gritos. El Cazador estaba tardando demasiado.

Por fin sonó el timbre. Visiblemente emocionada, Alana abrió la puerta sin más preámbulos. Él era demasiado alto y llevaba una máscara de lobo. Blandía un cuchillo de cazador en la mano izquierda. Se miraron durante varios segundos. Ella reaccionó primero y salió corriendo en dirección al dormitorio, pero el Cazador era más rápido y la atrapó, abalanzándose sobre ella y destrozando todo cuanto había a su paso. Forcejearon un rato hasta que ella le invitó tímidamente a un café, desde una nada ganadora posición de abajo. Él aceptó, tras meditarlo unos segundos. Ya tendría tiempo de matarla. Tan sólo unos metros más abajo, el mundo pareció haberse olvidado de ellos.

Tomaron café hasta el amanecer, mientras la antaño pacífica y aburrida ciudad se engullía a sí misma y mostraba su verdadera naturaleza, convertida en caos.

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