El escuadrón de los payasos tristes

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“¡Pasen y vean! ¡Pasen y vean! ¡Aquí y ahora, el mejor espectáculo que hayan visto jamás! “ , gritaba un triste payaso con la cara demacrada. La mitad de su rostro estaba cubierta por un enorme sombrero de paja, que no cuajaba en absoluto con el resto de su disfraz. Lo poco que se dejaba ver de su rostro estaba lleno de cicatrices que el maquillaje de los chinos no podía ocultar.

Nadie le hacía el menor caso. La gente pasaba de largo, sin siquiera dedicarle una mirada. Como si fuese un triste fantasma que no tenía derecho de estar allí. Ni siquiera era un estorbo, no merecía serlo. Una niñita con coletas pareció mirarle durante unos segundos, pero la fuerza del arrastre de su madre evitó que se prolongara el temido contacto visual.

Nos separaban apenas un par de metros. Él no parecía fijarse en mí, pero yo no le había quitado el ojo de encima. Me fascinaba y me aterraba al mismo tiempo. Por alguna extraña razón, sentía una gran necesidad de entrar ahí dentro y ver el espectáculo. El helado que me había comprado mi amigo George se estaba derritiendo entre mis dedos, y formaba lagunas viscosas alrededor de mis pies. 

Entonces el payaso triste me sonrió, casi con dulzura.

“Acércate un poco más, querida. ¡No te resistas a la magnética atracción del Gran Espectáculo! “

Quise dejar de mirarle las cicatrices. Decirle que se había equivocado, o simplemente haberme largado de allí, mezclarme con la muchedumbre y con la retumbante musiquilla de la feria, que se repetía una y otra vez.

Me acerqué a él y le tendí la mano. De repente, la feria pareció quedarse en completo silencio. Se acabaron las risas de los niños, el tiovivo, la horrible musiquilla y el algodón de azúcar. El payaso me agarró con fuerza y me empujó dentro de la carpa. Era como una enorme boca de dragón.

***

Me despierto sudando a mares. La cabeza me da vueltas. Consigo enfocar la vista para contemplar el reloj de la mesilla: las tres en punto, como las últimas noches. Me incorporo con cuidado, pero las ganas de vomitar no cesan.

Trato de caminar sin hacer ruido, para no asustar a Carly, mi labradora de tres años. No la veo por ningún lado, y me siento con cuidado en el sofá. No dejo de pensar en las cicatrices del payaso. La pesadilla me asusta, pero me frustra no saber qué había en el interior de la carpa. Todo es tan absurdo que me dan ganas de reír.

El viento golpea con fuerza las ventanas y se me eriza el vello de la nuca. “Pasen y vean”, pienso, y me entra un poco de pánico. Empiezo a imaginarme ruidos que provienen de la planta de arriba, y me dan ganas de llamar a Carly. “Estás paranoica”. Sí. Pero el miedo que siento es cada vez mayor.

Subo con cuidado las escaleras, que deciden traicionarme y chirrían bajo mis pies. No llevo ningún arma encima, pero pienso que las armas son inútiles si hay fantasmas. Pienso en un escuadrón de payasos que me aguarda en mi estudio, algunos debajo de escritorio, y otros escondidos en el enorme armario.

Pienso en Carly. Lo más probable es que esté durmiendo echa un ovillo en algún rincón, pero cabe la minúscula posibilidad de que los payasos la hayan raptado. Mi pobre Carly. Cierro los ojos y siento la presencia maléfica de alguien que ha invadido mi casa. Quizás debería recordar lo que había en la carpa. Lo que ocurrió después. Igual tan sólo era un inocente espectáculo. El triste payaso no parecía maligno en absoluto. A excepción de esas cicatrices, claro. Las malditas cicatrices.

Carly, ven aquí bonita —grito, y siento como si mi voz no fuese mía en absoluto. Arriba, creo escuchar un leve gemido de animal. Imagino a los payasos sentados encima de mi perra, conversando sobre el Gran Espectáculo.

“Aquí no hay nada, cálmate, joder”, pienso en voz alta pero no consigo calmarme. En el pasillo reina el silencio más absoluto, como era de imaginar. Ningún atisbo de luz. Y sin embargo…

Carly, vamos a pasear, venga ven aquí, buena chica —Mi voz cada vez suena más asustada, pero estoy decidida a acabar con este juego, que quizás me haya inventado yo.

O quizás no. Una decena de tristes payasos, o quizás más, me esperan detrás de esa fina puerta de madera. Sentados encima de mi Carly. Destrozando mis manuscritos, derramando café encima del teclado. Burlándose de mis personajes, más tristes que ellos.

Si entro allí, me devorarán.

Salgo corriendo escaleras abajo. No quiero enfrentarme jamás a un escuadrón de payasos. Ni a historias sin sentido. No quiero saber lo que había dentro de la carpa que parecía una boca de dragón. Ahora casi percibo el olor putrefacto de la carne y sus enormes mandíbulas…

Jamás volveré a aquella casa. Sé que si vuelvo, ellos estarán todavía ahí, encerrados en mi estudio, con las hojas ya podridas tiradas por el suelo, encima del cadáver de Carly, burlándose de mí eternamente.

Algunas veces me pregunto si tal vez todo haya sido un sueño.

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