Babe I’m Gonna Leave You

f0f38f099c7886566d6b6a981d88fdba

Led Zeppelin – Babe I’m Gonna Leave You

Desperté aullando, con las sábanas totalmente pegadas a mi cuerpo, empapadas en sudor. Me senté en la cama, tapándome la cara con las manos, aún temblorosas. No me lo podía creer. Nina había vuelto de nuevo a mis pesadillas. Nina había vuelto a sentarse en mi cama, había vuelto a arañar mis entrañas mientras dormía. Nina, mi tumor cerebral.

Hacía más de un año de la ruptura, pero los remordimientos seguían ahí. Acosándome a diario. Su perfume en cada maldita esquina, su curvilínea sombra proyectada en el sofá, con la copa de vermut en la mano. El rastro de su pintalabios estampado en el cuello de mis camisas, marcándome como una posesiva gata en celo.

Nina y sus demonios interiores. Se solía sentar en el suelo y llorar. A veces rompía las copas de vermut y me arañaba la cara con los cristales rotos. Cuando bebía, le gustaba hablar de un amor no correspondido. Cerré los ojos. Hacía más de un año que se marchó, pero su risa histérica me despertaba de madrugada, más a menudo de lo que quisiera recordar, y yo no podía dejar de sentir escalofríos hasta registrar todos los malditos rincones de mi casa y asegurarme de que ella no estaba allí.

Yo tan sólo quería volver a dormir sin escuchar sus gemidos, sin sentir su cálido aliento en la nuca, sin encontrarme con esos ojos felinos, con el eye-liner corrido y la sonrisa rota. Mirándome a todas horas. Siguiéndome a todas horas.

“Quiero dejarlo, nena”, le dije. Era primavera, y ella llevaba un nuevo perfume adherido a su cuello, y una flor en el pelo. Me sonrió con tristeza. Después, intentó agredirme y arañarme la cara, y gritó hasta desgarrarse la voz. Intentó arañarme los ojos. Gritaba que jamás dejaría que ninguna otra estuviese bañándose en ellos. Estaba desesperado por volver a saborear la agridulce soledad. Estaba tan cansado de ella, de nosotros, del vermut y de su autodestrucción. Acerqué mis manos a su cuello. La flor que adornaba su cabello se cayó.

Mientras me levantaba y caminaba sin rumbo por el dormitorio que una vez compartí con ella, quise recordar qué hice con aquella flor, en un fallido intento de cerrar mi mente y no recordar su piel pálida y fría. Sus ojos mirando a un punto fijo, y a la vez mirándome a mí. Juzgándome, incluso después de muerta. O quizás planificando nuestro reencuentro en su particular infierno.

En el fondo de mis arañadas entrañas, sé que jamás podré olvidarla.

Relato publicado en el nº 14 de la revista mensual Valencia Escribe.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s