Podredumbre

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Lina camina por el paseo marítimo a diario. Suele hacerlo al caer la noche, para obligarse a recordar, a mantener la memoria de su hermano. Las olas golpean el puente, casi podrido en sus cimientos, y un fuerte olor a pescado invade las fosas nasales de Lina.

“Todo es putrefacción, todo está muerto”, piensa con asco, e intenta llorar, pero sus ojos están en sequía. Sigue caminando, deseando que ocurra algo a mitad del camino. No hay un alma en el paseo, demasiado frío. Y también miedo. En el pueblo, nadie quiere hablar de lo ocurrido. Lina sabe que todos lo saben, pero lo ocultan. Nadie habla, y los pocos que intentaron pensar ya no están. Lina cree saber por qué todos los jóvenes se fueron hace ya bastante tiempo a la Gran Ciudad, por qué no hay una sola madre paseando con su hijo por las playas, cuesta abajo. En el pueblo, ya no quedan niños.

Lina está a punto de atravesar la zona peligrosa del paseo, donde descuartizaron a su hermano Dan. “Descuartizaron no es la palabra adecuada”, piensa Lina, y cierra los ojos ante la incipiente imagen que está a punto de proyectarse en su cerebro. “Fue una limpieza de entrañas. Lo descamaron. Le hicieron lo mismo, lo mismo que nosotros a ellos, a sus hermanos, o quizás eran discípulos...”. Ellos son fuertes ahora, y quieren venganza, pero, en el pueblo, nadie quiere hablar.

Ve el cordón amarillo de la policía, ve la pintura roja salpicada en el suelo, trazando un macabro dibujo de la silueta de su hermano, no lo soporta más y se asoma al puente para vomitar. Expulsa todas sus entrañas al mar, que está muerto y pide a gritos el sacrificio de un cuerpo joven. Muchos sucumbieron a su terrible llamada, pero Lina no es como ellos.

Comienza a llover. Se avecina una tormenta, y la fina lluvia empapa a Lina de la cabeza a los pies, y Lina mira al mar con un odio inmenso. “¡Devolvedme a Dan!” grita, hasta desgarrarse la voz, “devolvedme a Dan, o venid a por mí, venid de una vez… Llevo esperando demasiado tiempo, vamos, venid de una vez…Malditos seáis, venid de una vez…”

La tormenta se desata hasta hacer temblar el podrido puente de madera, y Lina apenas se tiene en pie. Está mareada pero va a esperar, debe esperar hasta el final, no va a rendirse con tanta facilidad.

Suena el teléfono en alguna parte y Lina se estremece. “¿Cómo…?”. No le da tiempo a pensar nada más. El mar se abre, literalmente, y aparecen ellos. Lina no sabe si son tal y como ella se los imaginaba, porque cierra los ojos, presa del terror. Le tiemblan las manos y es incapaz de abrir la boca, ni de moverse. Está indefensa, y les oye llegar, oye sus escamas arañar la madera, puede oler su pútrido aliento, a carne muerta y a mar salado.

Lina espera un poco más, hasta sentir unas aletas rozarle la piel y hacerle pequeños cortes, que no paran de escocer por la sal, y no paran de sangrar.

—Niña estúpida. Este pedazo de tierra está muerto y nos pertenece. Todos los que habéis nacido en ella estáis marcados con nuestras escamas, estáis muertos y condenados, sólo que aún no lo sabéis. ¿Acaso no comprendes que todos no podéis ser los elegidos?  —Susurra la voz distorsionada por el mar, que le recuerda lejanamente a la de Dan. “Se acabó”, piensa Lina, y esta vez no le falta razón.

La criatura portadora de la voz de Dan se encarga personalmente de despedazar sus restos, mientras los va pasando al resto de la tribu, que atiende, ansiosa, mientras rugen sus vomitivas tripas, ansiosos por engullir carne joven. Sólo descaman a unos pocos selectos, para la póstuma conversión.

Lina había soñado con un final mejor.